Hay personas que no lloran nunca, que no se quejan, que parecen saberlo todo ¿Conoces a alguien así? ¿Te recuerda a alguien? ¿Quizás a ti?

¿Te has preguntado alguna vez como se siente esa persona? ¿Crees que no llora porque es feliz? ¿O que da consejos porque lo sabe todo?

Y tú ¿cómo te sientes frente a ella?

Quizás sea su forma de defenderse de un mundo al que ve hostil y ante el que se siente indefensa.

¡Cuántos padres dice a sus hijos!: “No llores que eres grande” “Todo el mundo te está mirando, ¿no te da vergüenza?”,” ¡Tienes que ser fuerte!”….

De niños aprendemos a comportarnos según nos han enseñado nuestros padres y según creemos que el resto del mundo espera. Nos fabricamos un caparazón como el de los caracoles donde albergamos nuestras emociones, nuestros pensamientos y deseos. Creemos que, si una mínima rasgadura permitiese ver lo que guardamos dentro, entraría un torrente de veneno que nos destrozaría el alma. Y estamos seguros de que, si dejásemos escapar una sola lágrima, su acidez nos abrasaría hasta hacernos cenizas.

Hay personas que guardan tanta tristeza en su interior que su única manera de defenderse de sí mismas es ocultándose de sus emociones y la mejor manera es hacerle creer al mundo exterior que son fuertes, insensibles y altamente racionales. Así, otras personas le pedirán consejo sobre sus problemas emocionales y, en realidad, se los estarán dando a sí mismas para sobrevivir. También habrá quien envidie su fortaleza, ignorando que su fortaleza es su debilidad.

Toda esa tristeza, rabia e incluso miedo, si la mantenemos dentro, sólo crecerá y nos aislará de nosotros mismos. Formará dentro de nosotros una herida interior que sangrará con cada nueva situación que nos recuerde algún momento pasado en el fuimos demasiado pequeños para entender lo que sucedía, algún momento en el que no nos dejaron llorar, no nos dieron apoyo, cariño, abrazos…

Ahora somos tan adultos como las personas que nos mandaban callar, como quienes no nos dejaban sentir. Ahora podemos darnos permiso para expresar emociones; no son peligrosas, ni para ellos ni para nosotros.

Podemos sacar todo ese dolor gota a gota, caricia a caricia, aceptándolo y aceptándonos; queriéndonos y comprendiéndonos.

Al principio será difícil porque son muchos los años de oscuridad en los que nos hemos acostumbrado a vivir en nuestro caparazón, una fortaleza inexpugnable. Pero si entendemos que las emociones son necesarias, nos ayudan y protegen, podremos confiar y deshacernos de décadas de llantos apagados y miedos ocultos.

Niños pequeños buscando una mirada de aceptación, de permiso. Palabras no dichas, caricias perdidas y halagos silenciados en exigencias desmesuradas.

Cierra los ojos y recuerda que evitó que lloraras, que protestaras, que opinaras….

Las personas que parecen más fuertes suelen ser personas que se muestran así por miedo a no ser entendidas, a derrumbarse y a no saber como salir de un laberinto de emociones que no conocen. Sin embargo, el poder hablar con alguien que no nos juzga, que nos acepta y entiende, nos libera de una carga demasiado grande para poder ser soportada por mucho tiempo.

Si te sientes triste, te enfadas con frecuencia o tienes miedo por motivos aparentemente inocuos o desconocidos, quizás sea el momento de empezar a expulsarlo todo. Si es importante para ti, merece ser atendido y respetado.

Puede que no conozcas el motivo de la emoción, puede que no te creas en el derecho de sentirla, de expresarla, de verla. No importa, sólo expúlsala, ella te mostrará lo que necesitas saber. Si esa emoción está ahí es por algo y hasta que no la atiendas, no se irá.

La terapia transforma cada lágrima en una caricia y cada miedo en un abrazo protector. Poco a poco te hace sentir querida para aprender a quererte, te protege mientras vas descubriendo que es lo que te impide expulsar lo que guardas en tu interior y a ser el Adulto que cuida de tu Niño Interior, con cariño y comprensión.

Finalmente, Tu fortaleza interior va cayendo y tu coraza se va transformando en una fina membrana que intercambia Paz y Amor con el Mundo sin dejar de sentir emociones, porque ya no son peligrosas, porque forman parte de ti, y eso es lo que nos hace especiales, Únicos.

Paloma Rodríguez Sánchez, PhD

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